Los porteros del Athletic leen a Eduardo Galeano

Iribar-Futbol-Letras

José Ángel Iribar, Gorka Iraizoz, Iago Herrerín y Ainhoa Tirapu, porteros del Athletic, homenajean al escritor uruguayo Eduardo Galeano coincidiendo con la inauguración, ayer, del ciclo ‘Letras y Fútbol’. Los porteros leen en un vídeo fragmentos del cuento ‘El Arquero’ del escritor uruguayo y autor de ‘El fútbol a sol y sombra’, una de las obras imprescindibles de la literatura futbolística.

El fútbol fue una de las grandes pasiones del cronista uruguayo, fallecido el paso abril a los 74 años, que legó una serie de escritos sobre la pelota, no sólo en el libro mencionado. La prosa de Galeano describe de forma inmejorable el sino del arquero. Lo saben todos los que han jugado en esta posición, como el mítico ‘Chopo’, que inicia el relato que tan familiar le resulta después de defender durante 614 partidos, en 18 temporadas, la casaca del Athletic:

El arquero

También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.
Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores.

Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace.

Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.

Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.”

Y pesar de la maldición del puesto y de todos los sacrificios, en el mundo aún quedan suficientes “locos” que se ofrecen para defender los tres palos, con la ingenua idea de alzarse imbatible después de 90 minutos.

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