Juan Emery: hijo de portero, padre de entrenador

Juan-Emery
Hay apellidos que se reconocen en varias generaciones. En Irún, cuando hablabas de Emery, hasta la irrupción de Unai y su exitosa carrera como entrenador, se recordaba a dos porteros. Padre e hijo. Antonio y Juan. Ambos no demasiado altos, pero muy ágiles. Al primero le apodaron El Pajarito y tiene el dudoso honor de ser el portero que recibió el primer gol de la historia de la Liga. Aunque fue uno de los guardametas más aclamados de la época y en su palmarés lucen dos Copas del Rey que ganó con el Real Unión (1924 y 1927). No hay grandes trofeos en la trayectoria de Juan, solo un par de ascensos, que ha fallecido la pasada madrugada a la 82 años de edad en su casa de Hondarribia.

Como hijo de portero mítico siempre hubo comparaciones entre ambos. “Adquirí muchas de sus cualidades bajo los palos, aunque no era tan bueno como él despejando de puños. Eso me lo recriminaba mi padre, pero sí tomé la decisión de ser valiente saliendo para tocar con la punta de los dedos el balón, evitar el remate del delantero y luego bloquear la pelota. Me gustaba esa forma de dominar el área pequeña”, explicó en alguna ocasión que se le entrevistó.

Juan Emery apenas superaba el metro y setenta, pero hizo carrera casi hasta los 40 años en diferentes equipos: Real Unión, Alavés, Burgos, Logroñés, Deportivo, Sporting, Recreativo, Granada y Jaén, donde colgó los guantes. Era un portero moderno, ágil y con muchos reflejos: “Me gustaba jugar fuera del área, no enclaustrarme bajo los palos”. Y alguna vez dijo, medio en broma, medio en serio, que su altura le impidió llegar a más: “Una vez vino Samitier, del Real Madrid, a Riazor. Quería seguir a Amancio, sobre todo, a Veloso y a mí. Recuerdo que leí después unas declaraciones en un periódico local: ‘Emery tiene grandes cualidades, pero es un poco vago’. Luego se aclaró que aquello había sido una errata. ¡Samitier había dicho bajo, no vago! Yo medía 1,75 y ellos en aquella época tenían porteros de 1,90”.

Como su hijo Unai, analizaba bien el juego y muchos de sus entrenadores le pedían consejo. Por eso, en 1967 decidió dejar la portería del Jaén para aceptar el puesto de técnico en el Real Unión. “Tenía buena visión del fútbol pero también me dieron un puesto de trabajo de director en una gran empresa de transporte. No tenía carné y al final aposté por ese trabajo”. La pena que le quedó fue no haber jugado en Primera.

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