Aquelarre nacionalista en Belgrado

Desde que se hizo el sorteo de grupos para la Eurocopa de 2016 muchos no entendieron cómo la UEFA permitía que serbios y albaneses se encuadraran en el mismo grupo sabiendo que es una de las rivalidades más feroces de la Europa contemporánea con un fuerte conflicto territorial como trasfondo: la independencia de Kosovo en el contexto del desmembramiento de Yugoslavia después de la Guerra de los Balcanes. Hasta siete jugadores de Albania nacieron en Kosovo, cuya independencia es rechazada por Serbia. Este territorio, entre el estado serbio y el albanés, es una tierra disputada por estas dos naciones.

La mayoría de la población de Kosovo (que se declaró independiente de forma unilateral en 2008 con el apoyo de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, entre otros) es albanesa y hay un proyecto para constituirse en una sola nación, mientras que Serbia sigue pensando en Kosovo como una provincia que les pertenece. Una tierra históricamente clave en la identidad de los serbios.

Era la primera visita de Albania a Belgrado desde 1967. Se consideraba el partido de alto riesgo. Por eso, la UEFA había prohibido la asistencia de hinchas albanos al estadio. El odio de la grada a Albania quedó patente cuando sonaron los primeros compases del ‘Hymni i Flamurit’, el himno escrito por el poeta albanes Aleksander Stavre Drenova, y que el público serbio no respetó ni un segundo. Mientras la cámara de la televisión que emitía el encuentro se acercaba a los jugadores que lo cantaban para hacer frente a los abucheos. Solo se escuchaban los pitos.

En el estadio de Belgrado se vieron banderas en la grada que recordaban que “Kosovo es Serbia”. Nacionalismo y fútbol se entremezclan con facilidad en los Balcanes y es habitual que los recintos deportivos se llenen de simbología y sueños identitarios. Anhelos de ser más grande. Abarcar más territorio del que actualmente delimitan sus fronteras. Todos. Serbios. Croatas. Macedonios. También los albaneses. Así cuando quedaban pocos minutos para el final de la primera parte apareció un dron con una bandera sobre el terreno de juego. No una bandera cualquiera. Era el mapa de la Gran Albania, con territorios transfronterizos: además de Albania y Kosovo, partes de Montenegro, Serbia, Grecia y Macedonia. También aparecían en el trapo, la fecha de la independencia albanesa del Imperio Otomano tras la revolución (28-11-1912) y dos héroes nacionales de aquella época: Ismail Qemali, el padre del estado albanés, y a la derecha, el ‘León de Kosovo’, Isa Boletini, líder de las revueltas y famoso por sus acciones contra los serbios. Sacar una imagen de Boletini en Belgrado es una conquista para los albaneses. Una provocación para los serbios. El autor, según han informado las autoridades serbias, el hermano del primer ministro de Albania, Olsi Rama.

El fútbol absorbió todos estos conflictos y la tensión política que rodeaba el partido Serbia-Albania estalló de la manera más insospechada. El defensa serbio Stefan Mitrovic agarró la bandera que portaba el dron y varios jugadores albaneses se le echaron encima antes, incluso, de que pudiera hacer algo poco respetuoso. Ahí empezó una pelea entre jugadores de ambas selecciones que se trasladó a las tribunas, donde los hinchas locales encendieron bengalas e invadieron en el campo llegando a pegar, incluso, a los jugadores de Albania. El árbitro británico Martin Atkinson viendo la situación decidió suspender el partido. Entre los hooligans que saltaron al campo una cara conocida, el reincidente Ivan Bogdanov, protagonista también en los incidentes que provocaron la suspensión del partidos Italia -Serbia en 2010.

El primer Serbia-Albania, como ya se ha mencionado, desde 1967 no se acabó. Se paró en el minuto 43. El marcador no se había movido y mantenía el empate a cero inicial. Un empate a nada que es una derrota del fútbol. Pero sobre todo de la UEFA, de Serbia y de Albania. Porque, como escribe Borja Barba, “responsables y causantes son tanto unos, por instigar y tirar una cerilla colgada de un dron en un bidón de gasolina que estaba deseando el más mínimo chispazo para saltar por los aires, como los otros, por responder, al menos una destacada parte de la afición, de una manera desproporcionadamente violenta e indigna de tener cabida en el seno de cualquier manifestación deportiva”. Imagen lamentable en Belgrado en la que un encuentro deportivo se convirtió en un aquelarre nacionalista.

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