Ronaldo, los artistas no corren alrededor del piano

Ronaldo Nazario anunció el lunes que abandonaba el fútbol. El delantero brasileño lo deja a los 34 años agobiado por las lesiones y físico que ya no le acompaña. “Es difícil, continuar, cuando piensas que puedes eludir a un defensor y tu cuerpo no lo consigue”. En los últimos años muchas fueron las bromas debido a sus kilos de más y que ha reconocido, ahora, que es debido a una enfermedad. “Sufro de hipotiroidismo. A lo mejor ahora se arrepienten los que se burlaron de mi peso”.

Este desiquilibrio en su metabolismo y las continuas lesiones, hasta siete operaciones quirúrgicas, han provocado su retirada. “Este anuncio es como mi primera muerte. Es muy duro abandonar algo que te hizo tan feliz”, confesó el jugador entre lágrimas. Se va el mejor goleador de la era moderna, el primer futbolista asociado a una marca. Nike vio en Ronaldo al nuevo ídolo del deporte mundial tras el retiro de Michael Jordan. Desde sus comienzos con su marketing a cuestas, tanto que dos informes del congreso brasileño señalaron a la marca fundada por Phil Knight como la responsable de que el delantero jugara la final del Mundial de Francia ‘98, cuando la noche anterior al partido había sufrido un ataque epiléptico. Es, sin duda, el punto más oscuro de su carrera deportiva.

Ronaldo nació para estrella. Desde pequeño destacó, a pesar de que sus inicios, como todo futbolista criado en los arrabales de Río de Janeiro, fueron difíciles, aunque fulgurantes. A los catorce años no podía jugar en el Flamengo, con los que pasó diferentes pruebas de acceso, porque era tan pobre que no tenía el dinero suficiente para realizar el trayecto en autobús. Ocho años después facturaba millones como crack mundial por su imagen y sus goles.

Con 22 años ya se había consagrado campeón de América (97 y 99) y del Mundo con Brasil (EE.UU. ’94, aunque no disputó ni un minuto), ya había sido elegido como el mejor jugador del planeta (FIFA World Player ’96 y ’97 y Balón de Oro ‘97) y ya había ganado títulos en Europa con PSV, Barcelona e Inter. Era 1999 y apuntaba a unirse al grupo de los cuatro magníficos: Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. El Fenómeno, como se le bautizó, habría llegado de no ser por las malditas lesiones. Ese mismo año empezó su calvario.

A comienzos de la temporada 99-00, sufrió su primera lesión de gravedad en la rodilla derecha y un año después, en el partido de su retorno, volvió a romperse. En la memoria de todos aquella imagen del jugador sentado agarrándose la rodilla y llorando. Se recuperó pero ya no era el mismo, su figura había cambiado y ya no tenía el punto de velocidad. Era el segundo Ronaldo, menos explosivo pero igual de efectivo. Hasta que en 2008, en un partido del Milan, su club de entonces, contra el Livorno, se lesionó la rodilla izquierda. Nuevamente se atisbaba su final, pero Ronaldo resurgió cual ‘Ave Fénix’ y decidió retornar a su país, al Corinthians, donde con menos exigencia física dejó alguna muestra de su calidad.

Muchos dudaban de su implicación y dedicación, sobre todo a partir de Alemania 2006, pues era de los que escatimaba esfuerzos en los entrenamientos. “Usted me ha fichado para tocar el piano, no para correr alrededor”, le dijo a Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, cuando le pedía al Fenómeno más entrega en el campo. Al brasileño siempre le han criticado diciendo que no se cuidaba, pero sin perdonar las juergas y el Carnaval de Río de Janeiro ha estado al máximo nivel (casi) 17 años.

Ha jugado en los equipos más importantes de Europa (FC Barcelona, Inter de Milan, Real Madrid y Milan) y, lo más curioso, nadie le ha reprochado nunca los cambios de acera, rivales unos de otros. “Me llevo muchos amigos, y ningún enemigo”, recordaba el lunes. Mucho tiene que ver que a pesar de ser una estrella nunca tuvo un mal gesto con nadie.

Un genio que dejó inolvidables momentos y para siempre uno de los mejores goles en la historia del fútbol y de la Liga. Ocurrió en San Lázaro. Once segundos en Santiago de Compostela en los que nadie pudo derribarle hasta que llegó a la portería, después de coger el balón en el medio campo, y firmó una obra de arte. “El presidente Caneda nos tachó de blandos, pero yo le dije que ese gol inmortalizaría los colores del Compostela”, recuerda Fernando Vázquez, entrenador del recientemente desaparecido club gallego. Vidas casi paralelas y que se me cruzaron aquel 12 de octubre de 1996, para perdurar en la enciclopedia del fútbol. Ese gol le acercó al mito al que siempre fue comparado, Pelé.

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