90 minutos

Noventa minutos son los que en el fútbol diferencian a los ganadores de los perdedores. A los héroes de los villanos. A la alegría de la tristeza. A la euforia de la insatisfacción. Y al champán de las lágrimas. Esa es la grandeza de este deporte que no entiende de lógicas y que sorprende incluso a los más entendidos.

Una última jornada tan vibrante como la de esta tarde será de aquellas del transistor pegado a la oreja esperando buenas noticias desde lejanos estadios, de las cuales se depende para el éxito local. Una esperanza que permita hacer soñar y no caer en una pesadilla.

La injusticia del balompié no permite que todos ganen y obliga a que unos tengan que perder. Mientras los de arriba se juegan alcanzar por enésima vez la gloria, sus rivales intentarán evitar el infierno (deportivo y económico) de la Segunda División. Pero en situaciones como ésta, no hay nada asegurado porque los grandes son capaces de menguar y los pequeños suelen medrar.

Después llegará el momento de crear nuevos proyectos para mejorar e ilusionar, pero todo depende de lo que suceda hoy, por lo que las vistas no tienen (o no deberían) estar centradas más allá de este último resultado. De un marcador que marcará el color de las lágrimas y decidirá la fuente pública en la que se bañarán los aficionados.

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